Más de 200 guías y scouts peregrinaron hasta el monasterio de Santa María de Huerta bajo el lema Unum cor et anima una
A paso ligero avanzamos hacia Huerta: la ruta nos reclama. El camino nos está esperando; nuestro destino, el monasterio de Santa María, nos está llamando. Hay algo que anhelamos encontrar, o más bien Alguien.
Ese es el sentimiento que anima a más de 200 corazones a salir de las comodidades de sus casas y su rutina y a emprender el camino del peregrino. Un camino de desapego y austeridad, un camino que se hace con el macuto a cuestas, cargando la responsabilidad de la propia vida para ir al encuentro de aquel que sabemos que nos ama y nos transforma.
Lo que vivimos no cabe en unas pocas palabras; solo con un “ven y verás” se puede llegar a comprender. Únicamente sintiendo la tierra, el peso y el cansancio de la ruta se obtiene el saber, y también el sabor, de la vida del peregrino. Una vida marcada por la sed que busca saciarse en la fuente que nunca se agota.

Un viernes por la tarde, al finalizar una semana de estudio y trabajo, guías y scouts de toda España, tanto jóvenes como veteranos, salimos de nuestras ciudades para irnos congregando en los vivacs que darían inicio a nuestra ruta. Fue una tarde de reencuentros en la que nos dimos saludos y abrazos sin cesar.
Caras conocidas de hace tiempo, amigos a los que la distancia no permite ver a menudo, y también algún que otro valiente que aparecía por primera vez, con curiosidad y ganas de conocer nuestro movimiento. Cada uno trayendo diferentes preocupaciones e ilusiones, pero todos queriendo acampar juntos, descansar bajo un mismo cielo estrellado.
Con el amanecer del sábado nos pusimos en camino; antes de nada rezamos las laudes, y solo después comenzamos con las tareas del día. Primero empezaron a caer las tiendas, todo se recogió, mientras alguien de cada equipo preparaba el desayuno. Habiendo comido y tras estudiar los mapas, únicamente quedaba animar nuestro canto y ponernos a andar.
Las guías partieron de Judes, y los scouts empezaron el camino en Cetina. Cada sección salió desde un punto diferente, pero, con el mismo norte orientado, pusimos rumbo al monasterio de Santa María de Huerta, donde se encuentran Castilla y Aragón. Las chicas ya habían tenido la misa a primera hora de la mañana; los chicos la tuvieron después de andar un poco, en el pueblo, en la iglesia de San Juan Bautista, patrón de la ruta. A él, junto con el patrón de España y un santo abad de Huerta, dejamos encomendado a sus manos nuestro cuidado. ¡Santiago y san Martín, guardadnos en la ruta!
El polvo rojizo se pegaba a nuestros pies, señal de esta tierra noble y antigua que nos acoge. Tierra que nos invita a habitar una nueva paz. La paz del desapego, del aceptar la necesidad y la vulnerabilidad. En la ruta se vive a la intemperie, en contacto con la naturaleza, a merced de lo que cada día traiga. Esa desnudez, esa pobreza, te despoja de todo deseo de control y de poder, te libera y te abre. La ruta nos ayuda a soltar esos pesos, nos enseña que se puede vivir sin ellos, y así nos descubre una nueva libertad.
Esa es la identidad del peregrino que hemos asumido: no nos instalamos, sino que avanzamos, recorremos la distancia necesaria para encontrar al otro, buscamos a Dios y esperamos que él nos toque para volver cambiados, más capaces de recibir y entregar el amor. Pero no lo hacemos solos: vamos en comunidad. Por eso charlamos y cantamos, cocinamos y compartimos la comida. Tres días enteros de desconexión y presencia. Ninguna necesidad de sacar el móvil. ¿Es eso posible? ¿Se puede encontrar hoy en día un joven que logre dejar las redes por más de un día? Este fin de semana fueron más de 200.
Tras este camino inspirador, el sábado por la tarde llegamos a nuestros respectivos puntos de pernocta: Torrehermosa para las guías y Ariza para los scouts. Allí, después del tiempo de descanso y aseo, tuvimos una formación, el momento oportuno para reflexionar, para pensar juntos en el significado de nuestra pedagogía.
Y para terminar el día, una velada festiva sobre el Cid Campeador. Cantos, actuaciones, juegos y mucho compañerismo y alegría. Terminada la algarabía, rezamos las completas y entramos en el silencio de la noche, momento privilegiado para escuchar la voz de Dios en el interior. La misma voz que se oye en un silencio, una pausa, una brisa. ¡Cuán ávida está el alma del peregrino!
Era ya domingo; partimos hacia Huerta siguiendo el río Jalón. Aquel día llegábamos a nuestro destino, y, aunque somos jóvenes y no siempre nos es fácil el silencio interior, esta tierra y esta ruta nos invitaron a ello. Es una tierra de leyenda, pueblos en los que perdura la fama del Cid, Rodrigo Díaz de Vivar.
Acercándonos al monasterio, premio y fin de este camino, se sentía una anticipación, una tensión creciente; era un sentimiento que solo entonces emergía, pero se había ido formando con cada paso dado en el camino. Al fin, allí nos encontramos y se dieron los abrazos, las sonrisas; también el cansancio y el alivio. El cuerpo llegó agotado, pero el alma se sentía completamente viva. Esa tarde recibimos una charla de nuestro consiliario religioso sobre el silencio como lugar de oración, y después empezamos la instalación y los múltiples preparativos de la noche más especial de la ruta.
Con la intención de unir pedagogía, entretenimiento y fe, el primer evento de la noche fue una velada festiva sobre la vida de san Pablo. En contraste con la velada del día anterior, sobre el Cid, en la que conocimos sus días de gloria y de destierro, el domingo escuchamos la búsqueda, la caída y la transformación de Pablo de Tarso, apóstol que nos ha transmitido la fe que nos impulsa a caminar sin cesar.
Después del momento festivo, pasamos al contemplativo. Con una procesión solemne, sin miedo en el corazón, entramos en la iglesia del monasterio, nuestros bausanes encabezando la marcha, y nos sentamos a la espera de aquel a quien veníamos a adorar. Para eso habíamos venido. Nunca estuvimos caminando sin rumbo, sino siguiendo una llamada, su llamada.
Fue un momento especial, rezando juntos, con un magnífico coro dando alas a las oraciones de todos los presentes. Doscientos jóvenes normales, corrientes, pero con el deseo de estar llenos de fe,esperanza y caridad.
Para terminar la noche, tuvimos una partida RS, el mayor compromiso que un scout puede asumir. Un compromiso radical de servicio y entrega, así como de crecimiento y maduración. Toda la comunidad acompañó en la ceremonia para dar apoyo y fuerza al nuevo Rover Scout.
A la mañana siguiente, empezamos el último día con la misa solemne de la Virgen del Pilar; fue bonita y al mismo tiempo había una sensación amarga de que aquello se terminaba. Al salir tuvimos una sesión impartida por Rocío Solís, periodista y teóloga, que nos confrontó con la realidad de que son los vínculos los que nos configuran, no los libros ni la teoría, y, por ello, es solo el vínculo real con Cristo el que nos puede configurar con él.
A ella le debemos un gran agradecimiento, así como a los que nos han ayudado en los diferentes pueblos, y a los monjes, por su siempre cálida acogida, especialmente este año en el que nos han abierto todas las puertas y han dejado que la sección scout acampe en un pequeño bosque dentro mismo del monasterio. Y gracias a todos los que han hecho posible esta ruta, por el esfuerzo y el trabajo dedicado.
Toda esa alegría, todo el entusiasmo, la fraternidad, el servicio, las virtudes que el movimiento scout trata de cultivar se vieron reflejadas en la comida fraternal, cierre ya tradicional de esta ruta. Comimos juntos y compartimos anécdotas e ilusiones, para finalmente cerrar todos con la alegre despedida scout, las manos unidas como un solo corazón y cantando como una sola alma.

Autor del texto: Xavier Rodríguez Vidal
Fotografías: María, Pili, Óscar
